domingo, 19 de diciembre de 2010

DE SILBIDOS, CHIFLIDOS Y SILBATINAS

Por Eduardo Giorlandini*

La libertad se reconoce al hombre como responsable de sus actos (Génesis)

 

Allá lejos y hace tiempo

De acuerdo con numerosos estudios sobre lenguaje no oral, los gestos, las señas y los movimientos y poses corporales, precedieron al lenguaje oral; en esa instancia de la historia, el ser humano habría incorporado el silbido, generado espontáneamente o por imitación con respecto al viento o a ciertos animales.
Al diversificarse el comportamiento humano y los objetos que se creaban o utilizaban, los gestos y señales no fueron suficientes para comunciarse y, de acuerdo a una teoría, esto fue un factor que determinó la transformación de los primeros sonidos guturales en voces con significado.
La etimología y la semántica de la palabra silbido se remonta al latín y pasó a las lenguas latinas, idiomas nacionales, particularmente en los países de Europa latina. Reconoce registros literarios antiguos, tanto en la literatura española como en la americana. Los antecedentes se remontan también al siglo XIV, pero, como en todos los casos, la etimología –más distante todavía- podría emerger en otras fuentes más lejanas, temporalmente hablando. Se hallan en obras de Juan Ruiz, Leandro Fernández de Moratín y Fray Luis de León y, en hispanoamérica, en la obra de Rómulo Gallegos.

 

Criollo y silbador

El argentino del campo o la ciudad es reconocido como silbador. Hallamos las referencias en la literatura popular argentina, gaucha o gauchesca, lunfarda o lunfardesca. En la obra de José Hernández, El gaucho Martín Fierro leemos:
“En cuanto yo lo silvaba (sic)
Venía a refregarse en mí”.
En estos versos, Fierro se refiere al caballo, que obedece al silbido de su dueño.
También nuestros fontanares aluden a los pájaros que silban, como el “pájaro silbador”, también denominado “fío fío”, y el mencionado indistintamente como “yutu”, “piuca”, “cadorna” o “codorna”; igualmente cierto tipo de perdiz y de pato “silbador”. En el folclore argentino es conocida la leyenda del silbido de las ánimas, en la selva santiagueña, un silbido débil y triste, en el silencio de la noche, que no debe ser imitado por las personas porque en este caso puede aturdir y hasta desvanecer a cualquier corajudo.
Nuestro Benito Lynch, en Los caranchos de la Florida usó el término chiflido, como sinónimo de silbido, como él mismo lo aclaró.

 

“Afuera, alguien silbaba”

Tal es el título de un “poema misterioso”. Así lo calificó el autor, Joaquín Gómez Bas, cuando me lo obsequió. Nunca le pregunté cómo yo podría desentrañar mejor el sentido. Interpreté que se trataba de un encuentro de guapos. Después de cada manojo de versos, en el poema se repite la frase: “Afuera, alguien silbaba”. Una mezcla de ficción y realidad, porque quien silbaba, en el poema de Joaquín, era Borges. Uno de los guapos muere en la pelea. Este es el final:
“Estaba allí, viscoso,
dominante, agrandado.
Un aullido filoso
ensangrentó el espacio.
Le dijo chau Borges
y desandó en un tango
su epitafio”.

 

El zorzal silbador

¿Qué no absorbió Gardel de su circunstancia porteña? También hizo el aprendizaje del silbido, en sus distintas formas; tuvo la rara habilidad de sonreir y silbar al mismo tiempo, extendiendo los labios –no frunciéndolos- y doblando la punta de la lengua. Fue el primero en difundir el silbido en la canción criolla y en el tango.
Lo había puesto en práctica en el dúo que formó con José Razzano, luciéndose en el estilo en tiempo de tango El moro, en la ciudad de Tandil Posteriormente, con el tango Silbando, en el que, además, el letrista, José González Castillo, escribió:
“Y, desde el fondo del Dock,
gimiendo en lánguido lamento,
el eco trae el acento
de un monótono acordeón,
y cruza el cielo el aullido
de algún perro vagabundo
y un reo meditabundo
va silbando una canción”.
El Morocho del Abasto había realizado algunas giras, compartiendo el escenario con Roberto Firpo, también silbador, al interpretar sus piezas. Osvaldo Rossler le dirigió a Firpo este concepto: “Silbabas los temas de la época, aquello que llegaba como un murmullo desde los patios con olor a malvones. A ese silbido quedo y tenaz con que te acompañabas, tu padre, con cierta sorna, lo llamaba ´el chifuleo´”.

 

La chiflada

Chiflar puede ser considerado lunfardismo, argentinismo y vocablo gaucho, al mismo tiempo. Como lo apunté líneas arriba, sinónimo de silbar, aunque no tiene tantos antecedentes y derivados como esta última palabra, silbar. Silbido dio lugar a un seudónimo ilustre, Juan Silbido, de Emilio J. Vattuone, historiador del tango; su uso se trasladó a la medicina, a la literatura erótica y otros campos. Chiflado, de uso popular, se incorporó a la jerga médica.
¿Quién se hubiera imaginado, que la chiflada podría utilizarse para inducir comportamientos, tema de la sicología, o para publicidad. He aquí la anécdota: Juan Carlos Bazán trabajaba como músico, clarinetista, integrando el trío con el violinista Alcides Palavecino y el pianista Roberto Firpo. Actuaban en el Velódromo de Palermo. Bazán adoptó la costumbre traviesa de instalarse en la puerta con su clarinete, con el que imitaba una chiflada para atraer clientes que en coches a caballo pasaban para ir a otro establecimiento, “lo de Hansen”. Esa llamada fue incorporada como comienzo de su tango intitulado La chiflada, hecho en 1907.

 

Todavía silbamos

Los argentinos hemos silbado, tradicionalmente, al ir a trabajar o retornando al hogar; a pie o en bicicleta, de día o de noche; para alegrarse, entretenernos, o para alejar la nostalgia o la tristeza. Lo hemos hecho con diversos fines: bromear, llamar, juguetear con animales o pájaros en especial; comunicarnos con otras personas, interpretar temas o como complemento de la música o del canto. También para protestar, pero hubo momentos de nuestra historia en que la silbatina a un gobernante era delito. La norma se derogó y la libertad de expresión fue fortalecida.
Ahora, en Bahía Blanca, la Subsecretaría de Cultura de la Municipalidad y el Museo del Puerto de Ingeniero White, merecen el reconocimiento de los convecinos por la iniciativa de llevar a cabo el Primer Concurso Regional de Silbidos Chiflidos, que tienen en consideración diversas clases y categorías, rescatando así una costumbre, un elemento folclórico, un arte en casos y un signo del ser argentino, aunque no sea exclusivo de nuestro país y de nuestro tiempo.
Así diciendo,: ¡A chiflar al Museo del Puerto!. A silbar canciones o creaciones propias, imitar aves, hacer silbidos de manifestación pública, estridentes de larga duración, galantería, admiración o silbidos llamadores.


* Docente, investigador, miembro de las Academias Porteña del Lunfardo, Argentina de Artes y Ciencias de la Comunicación, y de Historia del Barrio Boedo. Escritor, conferencista y comentarista.


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