viernes, 1 de octubre de 2010

Sobre el uso del casco


Por Eduardo Giorlandini
    
     Más comentarios sobre el tema no son superfluos. Es dable hacer comparaciones y establecer analogías, siempre que sean congruentes. No lo es cuando se compara el uso o no uso del casco con el consumo de estupefacientes. Un fallo judicial que determina que el uso del casco es opcional no puede compararse, como se ha hecho, con un fallo que establece que la tenencia de droga ilegal, para consumo propio, no es punible; el primer caso es el de un juez y el segundo, de la Corte Suprema, dictado por simple mayoría.
     Sí es oportuno hacer otro tipo de semejanzas. Hablo por mi experiencia, que es decir mi vida laboral, con cuarenta años de docencia e investigación en ciencias del trabajo humano, unas doce disciplinas, si es por dar una cifra como para representar la extensión de la temática que viene al caso. Hablemos, en consecuencia, de los elementos protectores de la persona física, de los seres humanos sin distinción. No considero, por lo que acabo de expresar, que tengo la verdad absoluta, porque de otro modo sería una falacia, filosóficamente hablando, dar por verdadero algo porque deriva de alguien que se ha dedicado a la enseñanza de la seguridad laboral, de la medicina del trabajo y de la ergonomía. Si así fuera, resultaría una acto de soberbia, además. Entonces, hay que dar los fundamentos o razones.
     Y tal es el caso del juez, como ya es público y notorio, que dictó una sentencia que sostiene que el uso del casco por parte de ciclistas y motociclistas es optativo, basándose en el artículo diecinueve de la Constitución nacional. Con ese criterio, los empleadores, por ejemplo, no podrían exigir protectores auditivos a dependientes que trabajan expuestos al ruido; tampoco podrían exigir a los obreros que usen el casco en la industria de la construcción, o el uso de botas a los que trabajan en el agua, o vestimentas adecuadas en los hornos; o que los trabajadores no corran al comedor, cuando suena el timbre y deban pasar por caminos estrechos cercados por alambrados, etcétera.
     Es decir, las leyes protectorias cuidan que no se dañen las personas; incluso, las normas penales que son preventivas dan plazo o advierten para que se cumpla con determinada conducta y si no lo hacen son multadas. Las leyes, en muchas situaciones, tienden a amparar a las personas y a la sociedad, y estas normas son imperativas, son normas de orden público (no privado) y, por lo tanto, las personas no pueden dejarlas sin efecto, por su propia voluntad.
     Además, hay leyes que han sido operatorias, creando obligatoriedad expresa y terminante, acarreando sanciones penales, disciplinarias o pecuniarias. El servicio militar, hoy voluntario, fue obligatorio y puede serlo actualmente en casos extraordinarios; la enseñanza común fue obligatoria; los aportes y contribuciones a todo el sistema de seguridad social, igualmente; las normas mínimas a que se deben ajustar los contratos individuales de trabajo, también, etcétera. Digo todo esto como una breve lista enumerativa, quedando mucho más por decir y especificar.
     En el caso concreto del uso obligatorio del casco, debe manifestarse que está en juego la integridad física y la salud de la persona y de terceros, y es un asunto de orden público. Extraña que un juez desconozca esto, tan elemental en cualquier sistema jurídico; son muchos los países más o menos avanzados, o avanzados, que han impuesto el uso; son incontables las ciudades argentinas que lo ha impuesto y esta imposición se ha convertido en costumbre; en buena costumbre, y esto es, asimismo, fuente del derecho. Es claro que, en materia penal, hace falta el tipo del delito, infracción o incumplimiento, para que haya sanción.
     El juez de marras invoca el artículo de la Constitución ya citado líneas arriba y lo invoca e interpreta muy mal, porque la acción de quien no usa casco no es privada, es pública; por supuesto que en cierto sentido; ofende al orden público y llevar el casco es lo que manda la ley. Dicho de otro modo: interpreta al revés el texto constitucional. Ciertamente, el solo hecho de no llevar el casco no perjudica a nadie, pero puede perjudicar a terceros, comenzando por la propia familia del incumpliente y por la familia de otro involucrado en un siniestro.
     La Constitución trata de preservar otras libertades, para que la persona no esté limitada en el desenvolvimiento del espíritu, por lo que un Estado no es un invasor con respecto a la persona. Los derechos personalísimos no son lo que dice el juez de la hipótesis, sino aquellos que implican el goce y el ejercicio de nuestra libertad, los que son sustentados en las buenas costumbres, el respeto de la dignidad de otros (que son los titulares de los derechos), así como la vida y los valores humanos y jurídicos.
     A más, el código civil y todo el orden jurídico positivo argentino sostienen las buenas costumbres y admiten los usos sociales como fuentes del derecho, a pesar de los defectos e insuficiencias de las leyes. La costumbre nace cuando un comportamiento se repite y termina enraizándose en la vida social y cultural. Sólo puede cambiar con una nueva costumbre o una nueva cultura en la cual las personas obren con gran responsabilidad.
     Así cambió en un lander (estado provincial de Alemania), en el que no existe la velocidad máxima. Es algo cultural. Nosotros, por ahora, no nos podemos dar ese lujo. Entonces, las normas deben imponer comportamientos, nos guste o no, y, también, el Estado debe ser mentor, orientador de conductas y creador de normas indicativas.
     Vale destacar la existencia de hipótesis innumerables. Si alguien quiere hacer huelga de hambre o encadenarse en señal de protesta, puede hacerlo, pero el órgano público no va a dejar que ello genere la muerte. El Estado debe tener ojos y oídos y poner el acento en la prevención. Pero puede prescribir obligaciones, aunque no a tal punto de exigir certificado de salud mental o psíquica para adquirir un martillo, para evitar que alguien se dañe con él, porque la realidad, la experiencia y el sentido común informan que eso es irrazonable y absurdo.
     Finalmente, podemos preguntarnos: ¿Cómo debe ser el juez? ¿Qué cualidades le son exigibles? La ciencia jurídica, la filosofía del derecho, la cultura y la experiencia informan muchas cosas: debe ser inteligente, tener una adecuada formación, ser prudente, razonable; no ha de desconocer su propia circunstancia donde se desenvuelve; este desenvolvimiento no puede serlo dentro de una cripta y ha de entenderse que un juez, cuando obra con sentido común, no tiene que dar mayores explicaciones, porque estas se hallan también en la conciencia del pueblo, donde reside la verdad. No es despreciable la universidad de la vida o la escuela de la calle larga, porque la vida cotidiana es maestra en todas sus aristas y contingencias. Por lo cual no caben las posturas dogmáticas y sí las interpretaciones estructurales o sistémicas.
     El fallo que comentamos no tiene cauce alguno, está descolgado de todo escorzo, no tiene siquiera atisbo filosófico ni dosis alguna de justicia, como podría ser una sentencia basada en motivaciones humanitarias, que es una actitud deseable y propia de un juez justo. Si se buscan respuestas en casos exóticos, puede ser que el paradigma no se compadezca con nuestro ser nacional; verbi gratia , la Corte de Estados Unidos declaró que quemar su bandera forma parte de la libertad de expresión. Además, no por ello ha de afirmarse que llevar o no el casco es propio de la libertad de cada uno ni es un derecho personalísimo.
Eduardo Giorlandini es profesor titular de posgrado universitario nacional; reside en Bahía Blanca.

Publicado por el diario LA NUEVA PROVINCIA el día 02 deMAYO de 2010

LOS BALBIN y RICARDO


Por Eduardo Giorlandini

Los padres de Ricardo Balbín eran oriundos de España. El padre era nativo de Asturias, una región histórica del Norte de ese país, y, su madre, originaria de Andalucía, zona meridional. En los comienzos del siglo XIX, las tropas napoleónicas habrían cruzado la quinta de los Balbín, en una pequeña aldea del oriente asturiano, en Lue. El primero de la familia Balbín que a fin de siglo emigró rumbo al Río de la Plata tenía 13 años. Era el padre de Ricardo.
Según una fuente periodística, luego del nacimiento de Ricardo, en la ciudad de Buenos Aires, el matrimonio viajó a la Plata para establecerse allí para siempre, cuando él tenía seis meses. Sin embargo, relató el mismo Ricardo Balbín: "Soy hijo de un matrimonio de extranjeros. Mi padre y mi madre eran españoles. Mi padre era asturiano y mi madre nació nada menos que en Andalucía. Llegaron acá como llegó toda la vieja inmigración. Él trabajó y se radicaron en la provincia de Buenos Aires cuando yo tenía seis meses. Eran radicales, seguramente, pero los niños no acostumbrábamos en esa época a ocuparnos de política. Ahora el mundo ha cambiado bastante; pero el episodio del que arranca mi participación ocurrió en el pueblo de Ayacucho."
Su padre no alcanzó a conocer esa participación política que recordaba don Ricardo porque afines de 1924 realizó un viaje a España y murió allí en 1926.
Ricardo Balbín contaba de sí mismo: "Yo nací en la Capital Federal el 29 de julio de 1904 y a los seis meses mis padres se trasladaron a la provincia de Buenos Aires. Allí me quedé. Mi padre trabajaba en el ferrocarril en la sección confiterías. Por tal motivo, cuando nací estaba dispuesto ya su traslado para Azul. Ahí estuvimos un tiempo y después nos radicamos en Laprida. Murió mi madre muy temprano. Cuando yo tenía apenas seis años de edad. Un acontecimiento familiar determinó que mi padre se trasladase al partido de Ayacucho, estación Solanet, para atender los negocios de un familiar fallecido prematuramente. Razón por la cual el sexto grado lo hice en un colegio de Ayacucho..."
En 1910, en Laprida, provincia de Buenos Aires "mi padre tenía una confitería con proyecciones cinematográficas, y algunos días, por la tarde, ponía un telón en la pared de la vereda de enfrente y proyectaba la película para los pobres que no podían llegarse hasta el negocio. Esa fue una parte de la escuela de conducta y de generosidad que nuestro padre nos dio."
Si bien ya hemos señalado el origen humilde de los Balbín fue Ricardo quien en 1946, siendo diputado nacional, al tratarse el desalojo de instituciones deportivas en la Cámara, debió recordar, en el debate legislativo: "Yo saltaría con mis antecedentes familiares a la palestra, a comprobar quién me gana en mi origen proletario, la única diferencia que tengo es que mi padre jamás mandó decir en las calles: "Haga patria, mate a un estudiante ".
Acerca de su madre Balbín decía "Yo creo que el hombre tiene como una especie de máquina que retrata hechos y los fija definitivamente. He dicho muchas veces que si yo fuera retratista, haría hoy el retrato de mi madre. Así que guardo como fundamental estampa esa figura. Que en mí no se borró nunca. Constituye un importante acontecimiento en mi vida que he valorado después, en el significado profundo que tiene perder la madre cuando apenas se tiene seis años. Por eso, creo que la gente se va fijando hechos, así como en una fotografía permanente, la sucesión de nuevos hechos los va borrando, pero cuando ningún hecho nuevo se interpone en aquella figura, queda permanente."
Sus sentimientos hacia su madre eran como los retrató Manuel J. Castilla en su canción "Madre lejana": 

"la pienso, la pienso lejos, dulce y quieta a la oración,
junto con ella se hamaca callado mi corazón.
Junto con ella se hamaca callado mi corazón!
la miro, la miro largo
como velando al amor, el aire, cuando la toca
se va volviendo canción. iEl aire, cuando la toca
se va volviendo canción!" 

Luego de haber cursado Ricardo el sexto grado en Ayacucho, ingresó en el Colegio San José de Buenos Aires. Atrás habían quedado Azul, Laprida y Ayacucho, donde regresaría años después, ya como importante dirigente radical. Balbín tenía trece años y uno de sus sueños reflejaba el itinerario que había seguido con su padre. Porque así como el poeta canta a lo que no tiene, el hombre sueña con las cosas que añora. Recordó un ámbito físico, un paisaje, que de algún modo resumía los sitios donde había estado, en un marco soleado, de paz, de vegetación , extenso, grato al espíritu. ¿No sería esta la imagen del país del niño Balbín, la misma del conductor de vastos contingentes humanos, luego de largo caminar? ¿No es verdad acaso que los acontecimientos de los primeros años determinan la evolución de la personalidad? ¿No lo vimos a Balbín recorrer el país en incansable búsqueda del ser argentino? El leyó el país recorriéndolo, como hizo cuando niño, dentro de fronteras más limitadas acompaando a su padre.
El casi adolescente Ricardo grababa en su retina hechos y cosas, ámbitos y horizontes. iCuántas veces habrían de aflorar, para sostener sus asertos en los debates parlamentarios! Verbí gratía, como cuando se trató el tema de la investigación agropecuaria, en la Cámara de Diputados de la Nación, luego de recordar que nuestros hombres de campo no estaban habilitados o preparados para sacar beneficios de los subproductos: "Desde niños, todos hemos advertido cómo se queman las parvas de paja, porque llega un momento en que molestan al chacarero; y, como esa, todas las materias con abundantes subproductos."
Ya mostraba Balbín los rasgos de su personalidad, permanentes a lo largo de su vida. Era introvertido, como Yrigoyen, y tímido. Pero su temperamento de orador lo llevó a vencer esos influjos que en el caso de Hipólito Yrigoyen, hacían que no hablara nunca en público. No pocos hombres capaces no pudieron saltar esas vallas puestas a la acción política y al liderazgo; otros encontraron derroteros intransitados. Ricardo sentía atracción por el socialismo, pero su personalidad se ajustaba más a un partido como la Unión Cívica Radical.
Debía ser radical. Era temperamental e intuitivo, virtudes del caudillo radical. Los radicales tienen un estilo. Hablan de cierto modo. Esgrimen un vocabulario común. Tienen determinados sentimientos y acendradas convicciones. Luego lo atrajo profundamente Yrigoyen. En el socialismo, a lo mejor habría sido un líder intelectual, pero Balbín prefirió nutrirse en la salsa de la vida, en el dolor, en el infortunio, en el idealismo, en la protesta que genera el agravio, por lo cual gustaba de Almafuerte y frecuentaba sus poemas asiduamente, más que otros políticos, en el curso de su vida. Por eso tuvo que luchar contra la injusticia, que era generada por el agravio, tal como lo expresó el personaje de G. Arpino, en "El Hermano Italiano".
Pero en su adolescencia potrereaba, jugaba a la pelota. Era el comienzo de una gran pasión argentina: el fútbol. iOtra de las grandes querencias generadoras de emociones! Por entonces el uruguayo Diego Lucero, cuyo nombre era Luis Alfredo Sciutto, era el gran cronista de fútbol y había creado "Siento Ruido de Pelota,.." El heredero de Last Reason informó como pocos de ese frenesí argentino. Ricardito no podía escapar a él. También en un debate legislativo recordó el tiempo del potrero y bregó para mejores posibilidades deportivas para la juventud: "Vengan las iniciativas a cualquier precio, de los que dicen que hubo una juventud que no pudo practicar deporte nada más que en los potreros. Yo fui uno de esos, pero no vengo aquí a cobrarme ninguna cuenta vieja, porque he venido aquí para ser diputado de la civilización argentina y no del retroceso argentino."
Cursó el bachillerato en el Colegio San José de Buenos Aires y era el mejor alumno, uno de los diez adolescentes egresados del quinto año con diploma de honor. Antes había ganado los premios de Literatura, Matemática, Religión, Álgebra, Geometría, Historia Natural, Geografía e Historia. Si bien el padre de Balbín nunca fue hombre de fortuna, sus hijos pudieron estudiar, con esfuerzo. Tan pronto Ricardo terminó el bachillerato rindió examen de ingreso en la Facultad de Medicina, donde cursó dos años y abandonó por causas económicas. Luego ingresó en la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la Universidad Nacional de La Plata y al cabo de dos años y ocho meses se recibió de abogado. Continuaba prendido a la Reforma Universitaria y era hincha de Gimnasia porque, como decía entonces, Estudiantes "era un cuadro de oligarcas". Unión Cívica Radical, Reforma Universitaria, Gimnasia y Esgrima de La Plata era una tríada que representaba su arrebato sentimental y afectivo. Recordaba don Ricardo: "Tal vez mi auténtica vocación era la medicina. Lógicamente, Derecho se encuadraba dentro de mis modalidades. Pero me hubiera sentido más cómodo siendo médico que abogado."EI destino es así... juega un poco con las personas..."
Ana María Bertolini y Diana Kolankowsky transcriben en una recopilación de datos que la participación política de Ricardo Balbín comenzó a los doce años, accidentalmente, en Ayacucho: "En aquella época mi padre tuvo que trasladarse a una estación que se llama Solanet, para atender los negocios de un hermano que había muerto. Yo estuve internado en un colegio de Ayacucho y allí estaba también el hijo de Pedro Solanet, un dirigente notable de aquella época. Corría el año 1916. Recuerdo que los dos nos fuimos del colegio para ver la manifestación que se formaba por la llegada del candidato a diputado, que era su padre. Si los políticos tienen un bautismo, ese podría haber sido el mío".
Pero su militancia comenzó con el fin del bachillerato y su vida en la facultad. "Entonces -dijo una vez- no había en el país más que radicales y conservadores. El socialismo apuntaba, pero no era una expresión atrayente para nosotros. De modo tal que fui afirmando mi convicción en el radicalismo. Tan pronto tuve 18 años, lo primero que hice fue inscribirme en el partido". Además a los 22 años tuvo su título de abogado bajo el brazo. Cabe aclarar que en el ínterin había sido expulsado de la Universidad Nacional de La Plata por el rector Benito Nazar Anchorena, acusado de promover disturbios en su condición de dirigente estudiantil. Ricardo Balbín fue reincorporado unos meses después, pero de no haber mediado aquello, se habría recibido a los 21 años.
Ricardo Balbín contrajo enlace con Indalia Ponzetti, siendo muy joven. En un reportaje recordó ese acontecimiento: "-¿Cuál fue el momento más lindo de su vida, doctor?. EI día en que mi novia aceptó ser mi esposa.- ¿Se le declaró al estilo Balbín? No. Eramos muy chicos. La invité a tomar un té, en La Plata, y le dije que quería que me acompañara durante toda la vida, y se lo tomó en serio, usted sabe..."
Esa etapa de su vida fue relatada por Balbín a "La Provincia", el periódico oficial del radicalismo bonaerense, en junio de 1975. Entonces, dijo que ser político nunca había sido una decisión porque dedicarse a la política era una predisposición natural en él. Actuó en el Colegio Nacional queriendo moverse como grupo y como pensamiento. En la Facultad de La Plata luchó políticamente, fue expulsado de la Universidad y después reincorporado. Pero era una lucha distinta a la de ahora. Era la lucha por el concepto austero de la Reforma. De modo tal, que se encontraba inmerso ya en un proceso que se iba desatando.
Radical fue siempre. Sus padres eran de vocación radical, sus amistades eran radicales. y allí se fue formando su pensamiento y su figura política. A los 18 y 19 años, en su etapa de razonamientos más seria, el radicalismo era el pensamiento político que más se acercaba al ideal que quería. Porque desde siempre estuvo apegado al sentido humano de la vida. Cuando se le preguntaba si había tenido "padre político" contestaba: "Esto no significa una vanidad, ni un orgullo personal. Pero nunca lo tuve. Actuaba. Entendí que debía actuar, y así se inició la marcha. No busqué situaciones, vinieron. No busqué candidaturas, me las dieron. Es decir, era mi vocación. Algo prendido en mi propia vida. De modo tal que yo he dicho muchas veces que mi vida tiene dos facetas. La familia y el partido. Ahora, ¿a quién le quité más ya quién le di menos? Creo que le he quitado bastante a mi familia para dárselo al partido."
Cuando a Balbín se le preguntó sobre sus miedos, sus temores y sus incertidumbres, comenzó poniendo de relieve que se trataba de una pregunta bastante difícil, pero articuló la respuesta: "Decir que no tuve miedo a nada...es no responder la verdad. Ubicar un miedo determinado...No lo tuve. Pero tal vez, en lo íntimo y en lo profundo mi temor habría sido ser un anónimo". Con ello estaba refiriéndose a un estado de ánimo, durante su juventud.
En sus años mozos leyó todos los libros de Julio Verne. La literatura de moda en aquella época era lo que ahora llamarían la falsa literatura, pero era la literatura de ese tiempo. Todas las aventuras bien escritas formaban palie de la literatura de las generaciones de ese tiempo. No fue un lector asiduo. Fue un lector irregular. Porque fue un lector lento. Por lo general, se perdía en la mitad de la página y tenía que empezar de nuevo. Tal vez, porque en el subconsciente la lectura que hacía lo trasladaba a otra cosa. Ese debía ser el problema. Pero le costaba bastante trabajo. Él mismo creía, y así lo decía, que naturalmente cuando uno tiene que trabajar para vivir, sus lecturas son las necesarias para trabajar. Cuando egresó de la Facultad de Derecho, el título lo tomó en la más absoluta pobreza. Por lo tanto, tuvo que estudiar todo lo necesario para ejercer la profesión. Así que quedó inmerso en lo que puede llamarse "la literatura del derecho". Contaba también: "Posteriormente he curioseado muchos libros. Yo tengo un hermano que trabaja aquí. Si ustedes recorren este estudio verán gran cantidad de libros, y si van a casa de él, verán más libros todavía. La ventaja que tengo yo, es que los tiene él y además los anota. Con lo cual hago doble lectura. La del libro propiamente dicho y las anotaciones que él le hace. Eso ayuda bastante para ir conformando un pensamiento. Pero en definitiva -esto sé que no le gusta a mucha gente que lo diga- me he informado mucho en la realidad. A mi país ni lo he leído, lo he visto. Y a la gente de mí país no la he leído, la he tratado. De modo tal que he aprendido mucho recorriendo el país, y he llegado a la conclusión de que no se puede gobernar esta República sin conocerla."

MARIANO BOEDO


    Salta, al tiempo de Boedo
     Como es muy sabido, la región del noroeste de la Argentina, en la que se halla Salta, fue un ámbito geográfico en el que tuvieron lugar gestas relevantes en nuestra historia; sus gentes fueron protagonistas de las hazañas cumplidas para la Independencia. Martín Miguel de Güemes es el prototipo de la heroicidad de la región y de la provincia.
Con la reforma política realizada por el Directorio en el año 1814, se conformó la provincia de Salta, a la que después se le quitaron territorios, particularmente los que corresponden a Jujuy.
El nombre
   Expresa Germinal Nogués (ver bibliografía) que el nombre del barrio de Boedo, a diferencia de lo que ocurre “en otros lados”, no responde a ninguna de las características de la zona; Boedo era el apellido de Mariano Joaquín. No es la fuente exclusiva que menciona a Mariano Boedo con un segundo nombre, el de Joaquín, pues la señora directora del Instituto Histórico de la Ciudad de Buenos Aires, en el informe oficial que me hiciera en el año 2002, menciona a Mariano Joaquín Boedo (1782-1819), según “el Plano Municipal de Obras Públicas y Memoria Municipal”. Dicho sea de paso, también informa que: “El Dr. Mariano Joaquín Boedo... jurisconsulto salteño, que estudió en la Universidad de Córdoba y Charcas, fue secretario de la Real Audiencia y compañero de Mariano Moreno, participando activamente en la gesta de Mayo y en el Congreso de Tucumán como diputado por Salta. Murió en Buenos Aires, en 1819”. El informe fue suscripto por Liliana Barela.
   En una mayoría de fuentes figura solamente un nombre, el de Mariano. No se halla registrado en los atlas, mapas y otras fuentes –incluyendo la guía de números postales– el nombre de Boedo, en la provincia de Salta; quiero decir, de otro modo, que no hay pueblos o ciudades que recuerden a Mariano Boedo. La ciudad de Buenos Aires lo evocó y Homero Manzi difundió e inmortalizó el nombre con la letra del tango Sur, que tiene música de Aníbal Troilo: San Juan y Boedo antiguo y todo el cielo,/Pompeya y más allá la inundación.Y también estos versos: San Juan y Boedo antiguo, cielo perdido,/Pompeya y al llegar al terraplén.
Mario Sabugo, al comentar el nombre del barrio, expresa que Boedo es uno de esos barrios privilegiados, de tanta tradición y ´pergaminos´, que abruman e imponen respeto; y si bien el origen de su nombre está vinculado con el prócer, esto es una referencia diluida por el mismo barrio, que fue, al final, más famoso que su “padrino”, porque se ocupó de definirse por su propia cuenta. Y agrega esto: “Boedo consiguió ser (como se lo hubiera reclamado Hegel, en caso de haber ´parado´ en el barrio) no solamente Boedo-en sí, sino también Boedo-para sí.
     Empero, Vicente Bove, invocando al barrio, le rinde “himnos triunfales” en el poema que le dedica:

 
MARIANO BOEDO
En la historia grabada eternamente
y en el recuerdo de la patria santa,
la figura del prócer se agiganta
y es un rayo de sol resplandeciente.
Su palabra, en la Junta fue un torrente
de libertad, que el corazón levanta,
y vio un día abatir ante su planta
al orgullo oprobioso, prepotente.
No solamente en pedestal se admira
su figura ejemplar que el bien inspira
que la patria hace honor a su memoria,
revive en las conciencias e ideales
y su barrio le rinde himnos triunfales
como un tributo de suprema gloria.
El barrio


    He exteriorizado en esta obra sobre Mariano Boedo algunos rasgos y substancias con los que se hace ostensible su personería; no son todos, ni siquiera una mayoría, sino una modesta muestra.
Hablar de Boedo es hablar de tango, de Manzi, del Club San Lorenzo, de una barriada con historia y leyendas, anécdotas y colorido, literatura y arte popular; es hablar también de un sistema de valores y de ideas.
      Lo es también de una “eterna bohemia”. Poetas, escritores, pensadores, peñas, hombres que en casos fueron anarquistas –pacíficos, cristianos y “azules”– o socialistas. La cultura popular se amasó en el café, el teatro, el bar, el boliche, el santuario escondido, el local de la FORA y en el Ateneo Popular, la peña o la calle.
Está delimitado por Sánchez de Loria y las avenidas Independencia, Caseros y La Plata. Compuesto por 180 hectáreas. Surgió administrativamente en 1968, el 11 de junio, por ordenanza municipal 23.698, separado de Almagro, pero su realidad social y espiritual tiene más de un siglo, en el momento en que el trazado de las primeras calles permitió unir el bajo de la ciudad con la actual avenida General Paz. Hasta 1880 el barrio era un lugar de quintas. Comenzó su transformación en 1897 y desde 1910 aparecieron los típicos cafés.
     Amaro Villanueva, nuestro querido amigo y maestro, definió a Boedo en unos pocos versos, titulados Boedo: Barrio misho y anarquista/ con Betinoti y su viola,/ se abacanó de parola/ con la merza vanguardista,/ versolari y populista,/ ñoracompa de Zola,/ que creó de nueva ola:/ la oleada sanlorencista”.

EDUARDO GIORLANDINI “Un hombre de ley”

Nació en Bahía Blanca el 29 de noviembre de 1934.
Abogado de profesión, profesor universitario, miembro de la Academia Porteña del Lunfardo, miembro académico nacional e internacional, conferencista.
Es autor de cuarenta y seis libros entre los que se destacan: El Frontón, El pensamiento fundamental de Ricardo Lavalle, Movimiento de Reforma Universitaria de 1918, Perfil del Desarrollo Argentino, Ricardo Balbin, el Radicalismo y la Republica y Luis León, el Movimiento de Afirmación Yrigoyenista y la Unión Cívica Radical.
Lleva escritos más de trescientos artículos periodísticos, científicos, de investigación, ensayos, monografías, es autor de canciones populares y columnista de diversos programas radiales tanto bahienses como nacionales.
Ocupó varios cargos técnicos, científicos y legislativos.
Giorlandini es fundamentalmente el maestro que siempre llevará al alumno hasta el extremo, pondrá su mente en conflicto, lo templará como el martillo templa la espada golpeándola contra el yunque del herrero. Sentirá todos los dolores: los propios y los de su  discípulo, y estará presente de tantas formas como sea necesario para hacer que su alumno avance.
No cualquiera es un maestro. El verdadero maestro puede aliviar las cargas, secretamente llevar algunas que nos son insoportables, pero por sobretodo nos enseñará como ser libres. Llegado el momento, cuando estemos maduros, muy a nuestro pesar, es posible que nos abandone hasta físicamente, tal como una madre cría al hijo hasta que alcanza su madurez, y luego de encaminado, lo deja partir para vivir su propia vida.

Don Eduardo Giorlandini camina diariamente por Bahía Blanca, su ciudad de toda la vida, dondequiera que  detiene al azar  su camino se le acoge con respeto y alegría. Es un hombre querido y respetado, es un “tipazo”. Uno de esos caballeros de antaño, de los que ya no vienen, un  hombre  afable, formal, culto, con gran sentido del humor y un porte plagado de elegancia y señorío,  con una humildad extraordinaria, y siempre dispuesto con el mejor gesto. No busca publicitarse, es de esos hombres que cualquier persona se sentiría honroso de ser su amigo.
Yo tengo el privilegio de serlo y lo admiro porque vive su vida al máximo. Porque se esforzó para ser lo que es. Porque puso el pecho en las paradas más difíciles… nunca se achicó
                                                                                             
JOSE VALLE
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